jueves, 3 de marzo de 2011

A los pies de la muerte (3ª)

Escuchaba un frenazo muy cerca de mí, me giraba y solamente me daba tiempo a hacerme un ovillo en el suelo pidiendo que al conductor le diera tiempo a frenar.

 

{...}

Las lágrimas empezaron a inundar mis ojos, una compañera me avisó que la clase había finalizado. Aguantando las lágrimas cogí mi mochila y salí de la clase en dirección al recreo. En la puerta del instituto me sequé una lágrima que se había escapado y volví a llamar a Álvaro. No me cogió el teléfono y decidí acercarme a su casa en el poco rato que me quedaba. Estaba allí. Me explicó que no había ido a clase porque había pasado muy mala noche y no se había encontrado con suficientes fuerzas para ir a clase. No me había cogido el teléfono porque no recordaba donde lo había dejado. Mis sospechas solo habían sido obra de mi imaginación. Falté a las clases que tenía después del recreo y me quedé con él para cuidarlo, además porque él mismo me lo había pedido y no podía negarle nada. Lo amaba demasiado.

Cuando su hermano llegó del colegio a las dos y cuarto de la tarde, me despedí de él y me maché a mi casa. Esa misma tarde iba a pasarla de nuevo con él.

Llegué a mi casa, puse el móvil a cargar y me fui a comer. Después descansé un poco y me arreglé para ir a la casa de Álvaro. Cuando iba de camino a su casa recibí un mensaje suyo en el que me decía que se encontraba bien y me esperaba en la plaza que había delante de su casa.

Estuve allí a la hora acordada, pero él no estaba. Esperé durante un buen rato. Miré varias veces el reloj de muñeca que él me había regalado y entre una vez y otra había pasado casi media hora. Me estaba poniendo nerviosa. Aquella era la misma escena de mi pesadilla y no me gustaba. Al cabo de poco rato después vi a Álvaro salir del portal de su casa. Al verlo, una alegría me inundó todo el cuerpo y eché a correr en su dirección para abrazarlo. Cuando estaba cruzando, vi que en su cara había una expresión diferente a la normal y me quedé petrificada allí. Después todo pasó demasiado deprisa. Alguien me gritó “¡¡Alicia, muévete!!”, pero yo solo escuché las ruedas de un coche como giraban por la curva a toda velocidad y como no le daba tiempo al conductor a reaccionar al verme parada en mitad de la calzada. Después de eso noté un golpe muy fuerte que me dejaba sin aliento, cómo una parte de mi se desprendía de mi cuerpo, cómo unos cálidos labios intentaban devolverme el aliento de vida que se encapaba por mi boca.

 

{Continuará}

martes, 22 de febrero de 2011

A los pies de la muerte (2º)

… No sé cuanto tiempo llevo aquí. Apenas recuerdo nada de mí, sólo la última semana de mi vida…

{…}

Me levanté como todas las mañanas. Me duché, desayuné, adecenté mi cuarto, me vestí y, antes de salir para ir a clase, me miré en el espejo. “La misma cara de siempre” pensé. Aquel era un día como otro cualquiera, salvo porque aquella noche había vuelto a soñar lo mismo desde que lo conocí. Recuerdo perfectamente su nombre como si lo llevara tatuado en el corazón, Álvaro.

Cuando llegué al instituto, él estaba esperando en la puerta. Le di un fugaz beso en los labios y entramos juntos a clase. Durante el descanso fuimos a su casa para recoger unos apuntes que necesitábamos y estuvimos allí hablando de lo que íbamos ha hacer ese fin de semana. Esa tarde no nos pudimos ver, pero no me importaba ya que lo tendría todo el fin de semana para mí.

Esa noche el sueño cambió, cuando me desperté recordé todo lo que mi mente había generado esa noche. Me asusté, no me gustaba recordar esas cosas. Ya me había pasado alguna vez y no había salido bien parada.

Tardé más de la cuenta en arreglarme y mi madre me preguntó que era lo que me pasaba. Le conté el sueño que había tenido y la sospecha que tenía. Mi madre se echó a reír y de broma dijo “ ¡Vaya, tenemos una bruja en la familia!”. A mi no me hizo gracia alguna. Las bujas aparecieron durante la Edad Media, ya no existen y, yo menos, iba a ser una de ellas.

Llegué al instituto cuando el timbre empezó a tocar. Álvaro no estaba en la entrada donde solíamos vernos y aquello me sorprendió. La noche de antes había estado hablado con él y me había dicho que al día siguiente iría a clase. Subí al aula donde nos tocaba y no lo vi allí. Durante aquella clase no apareció. El timbre tocó y nos cambiamos de clase. En ese intercambio lo llamé a su móvil pero no contestaba. Durante las dos clases siguientes mi subconsciente me trasladó a otro mundo, donde mi pesadilla se hacía realidad. Álvaro y yo paseábamos por la calle. Íbamos cogidos de la mano y hablando. Él me hacia que lo esperara en un banco mientras él cruzaba la calle a comprar algo en la tienda de enfrente. Yo lo esperaba sentada donde me había dicho, el tiempo se me hacía eterno y miraba mucho el reloj de muñeca que él me había regalado por mi cumpleaños. Lo había mirando dos veces ya y entre una vez y otra había pasado más de media hora. Me ponía nerviosa, estaba tardando mucho y no lo entendía. Miraba la puerta de la tienda pero él no salía. Cuando iba a cruzar par ir a buscarlo, él aparecía por la puerta de la tienda. Su expresión era diferente, no la había visto antes y me dejaba petrificada. Álvaro se acercaba hasta el paso de peatones pero no lo cruzaba. Nos quedábamos así un rato. Él sacaba una pequeña flor seca del bolsillo de su chaqueta y la tiraba al suelo al lado de sus pies. Yo seguía petrificada. Sin previo aviso y con un brillo extraño en los ojos, se giraba y se marchaba. Me quedaba paraba sin reaccionar. Cuando era capaz de asumir lo que había pasado echaba a correr en la dirección en la que Álvaro se había machado, tropezando y cayendo al suelo. Escuchaba un frenazo muy cerca de mí, me giraba y solamente me daba tiempo a hacerme un ovillo en el suelo pidiendo que al conductor le diera tiempo a frenar.

{…Continuará…}

domingo, 13 de febrero de 2011

A los pies de la muerte (1ª)

Me encuentro en la habitación de un hospital, o por lo menos eso creo. Las paredes están pintadas de un azul cielo, igual que el que se ve por la ventana. En la habitación hay tres personas además de mí.

En la cama que hay en el centro de la habitación hay una chica joven tumbada. Tiene el pelo corto y oscuro. No le veo el color de los ojos, puesto que los tiene cerrados desde que estoy aquí. Su piel parece más blanquecina al contraste de la diversidad de moratones que cubren su cuerpo. Al lado de la cama hay dos bolsas con líquidos de diferente color, una de color rojo y otra de color transparente, de las que cuelgan dos tubos que acaban inyectados en un brazo de la chica. En un dedo de su mano izquierda hay una pinza que, mediante un cable, la conecta a una maquina donde una línea se quiebra al sonido de un rítmico y estridente bip-bip-bip.

Sentada en una silla al lado de la cama hay una mujer de unos cuarenta y tanto años. Tiene la piel muy blanca y bolsas debajo de los ojos. Tiene aspecto abatido. Con las dos manos sujeta la mano derecha de la muchacha. Sus ojos van desde la máquina en la que se mueve la línea al chico que hay sentado al otro lado de la habitación.

El muchacho está situado lo más lejos posible de la cama. Es un chico joven, de pelo oscuro y piel morena. Al igual que la mujer, tiene bolsas debajo de los ojos. Parece que esta situación le incomoda. Su vista recorre el espacio que hay entre la muchacha y la maquina a la que está conectada. Noto como su corazón palpita nervioso cada vez que su vista se detiene en la muchacha.

Salgo al pasillo y empiezo a deambular por el hospital. Alrededor de la puerta por la que he salido se agolpa bastante gente a diferencia de otras habitaciones. No reconozco a nadie, solamente me suena algo la cara del chico que hay dentro de la habitación pero no sé muy bien de qué.

No sé cuanto tiempo llevo aquí. Apenas recuerdo nada de mí, sólo la última semana de mi vida.

{…Continuará…}

jueves, 3 de febrero de 2011

No fue un simple miércoles…

 

Aurea G.R- Miércoles, un día de la semana como otro cualquiera. El día que forma el ecuador de la semana. Es solo un día más. Sin embargo, no para mí. Fue un miércoles el que provocó un aluvión de sentimientos en mi pecho, un día que marcó un antes y un después en mi vida. Era miércoles cuando tú apareciste en mi vida. Y cada miércoles hago lo mismo para recordarte.

DSC00185aMe acerco tímidamente a esa casita, semi escondida en la ciudad, llena de ilusión y saber, de sueños y esperanzas. Miro por la ventana y me pongo a recordar aquel miércoles a las 6 de la tarde. Ambos sentados en una pequeña mesita, tímidos ante la presencia del otro y cruzando miradas llenas de complicidad. Me acerco a la puerta para ver si sigues sentado en esa infantil silla, aun sabiendo que tardaré en verte.

Pero es el recuerdo de esa primera vez lo que me hace quererte. A pesar de que ya han pasado dos meses desde aquella tarde, ese recuerdo sigue vivo en mi mente. Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, cada miércoles me quedo en la puerta sin atreverme a entrar, temiendo que un nuevo hecho tape el anterior.

Me alejo de la casita cruzando el puente y volviendo a una realidad. Pero noto que algo falta en mí, que no encajo en esta realidad. Mi realidad se ha quedado atrás, al otro lado del puente, en el recuerdo de aquel momento. Mi realidad se congeló en el momento en el que te ganaste mi corazón.

Porque tú te has convertido en mi realidad.

lunes, 17 de enero de 2011

Inicio

Áurea. G.R-  A principios del invierno mi corazón sentía frio. En las calles, las personas intentaban que el aire no tocara su piel. A pesar de las capas de ropa que llevaba encima, mi corazón no poseía un abrigo que le apartase de ese frío aire. Mientras caminaba, a mi paso, las hojas caducas iban cayendo lentamente como queriendo parar el tiempo. Mi corazón quiso seguir el ritmo de las hojas al caer, y poco a poco lo fue consiguiendo. Mi cuerpo se fue debilitando con cada paso y mi alma iba perdiendo las ganas de vivir.

En un momento cualquiera, una puerta se abrió provocando una enorme oleada de calor en mi cuerpo. El tiempo quiso correr en ese preciso instante y mi frío corazón abandonó cualquier idea de detenerse.

Es en ese preciso instante en el que decidí tomar como asiento aquella infantil silla mi vida cambió por completo. Una leve sonrisa me trasladó en el tiempo, haciéndome volver a una perenne primavera. Con un tímido “hola” sentí como se ruborizaban mis mejillas. Y con aquellas miradas llenas de complicidad sentí ganas de vivir. Al dejar aquel infantil asiento, el mundo que se había formado en mi corazón cayó como un castillo de naipes. La inseguridad doblegó toda célula de mi cuerpo y el frío llegó nuevamente a mí alrededor.
Sin embargo, el tiempo no quiso que mi corazón se helase. Al volver a ver aquellos ojos, sentirlos cerca y notar que me miraban, mi corazón volvió a la infancia. Al sentirte cerca y notar cómo me abrazabas, el frío y la inseguridad abandonaron todos los rincones de mi ser. Y fue con aquel primer beso, mientras escuchábamos los acordes de una lenta canción, cuando sentí que mi vida te pertenecía. escrito- inicio
 
Y es ahora cuando me aferro a aquel recuerdo, es ahora cuando me aferro a tu recuerdo. Porque tú eres el sol que ha conseguido calentar mi corazón, eres mi primavera… mi estación favorita.