Aurea G.R- Miércoles, un día de la semana como otro cualquiera. El día que forma el ecuador de la semana. Es solo un día más. Sin embargo, no para mí. Fue un miércoles el que provocó un aluvión de sentimientos en mi pecho, un día que marcó un antes y un después en mi vida. Era miércoles cuando tú apareciste en mi vida. Y cada miércoles hago lo mismo para recordarte.
Me acerco tímidamente a esa casita, semi escondida en la ciudad, llena de ilusión y saber, de sueños y esperanzas. Miro por la ventana y me pongo a recordar aquel miércoles a las 6 de la tarde. Ambos sentados en una pequeña mesita, tímidos ante la presencia del otro y cruzando miradas llenas de complicidad. Me acerco a la puerta para ver si sigues sentado en esa infantil silla, aun sabiendo que tardaré en verte.
Pero es el recuerdo de esa primera vez lo que me hace quererte. A pesar de que ya han pasado dos meses desde aquella tarde, ese recuerdo sigue vivo en mi mente. Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, cada miércoles me quedo en la puerta sin atreverme a entrar, temiendo que un nuevo hecho tape el anterior.
Me alejo de la casita cruzando el puente y volviendo a una realidad. Pero noto que algo falta en mí, que no encajo en esta realidad. Mi realidad se ha quedado atrás, al otro lado del puente, en el recuerdo de aquel momento. Mi realidad se congeló en el momento en el que te ganaste mi corazón.
Porque tú te has convertido en mi realidad.
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