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Me levanté como todas las mañanas. Me duché, desayuné, adecenté mi cuarto, me vestí y, antes de salir para ir a clase, me miré en el espejo. “La misma cara de siempre” pensé. Aquel era un día como otro cualquiera, salvo porque aquella noche había vuelto a soñar lo mismo desde que lo conocí. Recuerdo perfectamente su nombre como si lo llevara tatuado en el corazón, Álvaro.Cuando llegué al instituto, él estaba esperando en la puerta. Le di un fugaz beso en los labios y entramos juntos a clase. Durante el descanso fuimos a su casa para recoger unos apuntes que necesitábamos y estuvimos allí hablando de lo que íbamos ha hacer ese fin de semana. Esa tarde no nos pudimos ver, pero no me importaba ya que lo tendría todo el fin de semana para mí.
Esa noche el sueño cambió, cuando me desperté recordé todo lo que mi mente había generado esa noche. Me asusté, no me gustaba recordar esas cosas. Ya me había pasado alguna vez y no había salido bien parada.
Tardé más de la cuenta en arreglarme y mi madre me preguntó que era lo que me pasaba. Le conté el sueño que había tenido y la sospecha que tenía. Mi madre se echó a reír y de broma dijo “ ¡Vaya, tenemos una bruja en la familia!”. A mi no me hizo gracia alguna. Las bujas aparecieron durante la Edad Media, ya no existen y, yo menos, iba a ser una de ellas.
Llegué al instituto cuando el timbre empezó a tocar. Álvaro no estaba en la entrada donde solíamos vernos y aquello me sorprendió. La noche de antes había estado hablado con él y me había dicho que al día siguiente iría a clase. Subí al aula donde nos tocaba y no lo vi allí. Durante aquella clase no apareció. El timbre tocó y nos cambiamos de clase. En ese intercambio lo llamé a su móvil pero no contestaba. Durante las dos clases siguientes mi subconsciente me trasladó a otro mundo, donde mi pesadilla se hacía realidad. Álvaro y yo paseábamos por la calle. Íbamos cogidos de la mano y hablando. Él me hacia que lo esperara en un banco mientras él cruzaba la calle a comprar algo en la tienda de enfrente. Yo lo esperaba sentada donde me había dicho, el tiempo se me hacía eterno y miraba mucho el reloj de muñeca que él me había regalado por mi cumpleaños. Lo había mirando dos veces ya y entre una vez y otra había pasado más de media hora. Me ponía nerviosa, estaba tardando mucho y no lo entendía. Miraba la puerta de la tienda pero él no salía. Cuando iba a cruzar par ir a buscarlo, él aparecía por la puerta de la tienda. Su expresión era diferente, no la había visto antes y me dejaba petrificada. Álvaro se acercaba hasta el paso de peatones pero no lo cruzaba. Nos quedábamos así un rato. Él sacaba una pequeña flor seca del bolsillo de su chaqueta y la tiraba al suelo al lado de sus pies. Yo seguía petrificada. Sin previo aviso y con un brillo extraño en los ojos, se giraba y se marchaba. Me quedaba paraba sin reaccionar. Cuando era capaz de asumir lo que había pasado echaba a correr en la dirección en la que Álvaro se había machado, tropezando y cayendo al suelo. Escuchaba un frenazo muy cerca de mí, me giraba y solamente me daba tiempo a hacerme un ovillo en el suelo pidiendo que al conductor le diera tiempo a frenar.
Muy bonito tiiaaa!!!
ResponderEliminarContinuuaa !! que me as dejao con la intriga ! jeje