Noto nuevamente tu presencia, está vez más cerca, a mi lado. Tu esencia rodea mi cuerpo llenándome de una tremenda alegría y tranquilidad, una alegría que hace mucho tiempo no había sentido y que hace que mi cuerpo quiera gritar de felicidad. Pero tu esencia empieza a apretar mi frágil cuerpo y la alegría y la tranquilidad se convierten repentinamente en un gran dolor que intenta aplastar mi corazón. Acompañando este gran dolor que me oprime, un estridente pitido empieza a taladrar mi cabeza, haciendo que mi cuerpo se convierta en un ovillo sobre el suelo.
La cabeza empieza a darme vueltas y a mi pecho le cuesta cada vez más respirar. Cierro los ojos cuando la niebla intenta cubrirme y el suelo desaparece bajo mi cuerpo haciéndome caer en ese abismo del olvido. El estridente pitido se va intensificando mientras la gravedad hace que mi cuerpo coja más velocidad en la caída libre. Con un golpe seco, mi cuerpo se para, el ruido cesa y, con una gran bocanada de aire, mis ojos se abren nuevamente.
Mis sentidos notan tu presencia. Miro a mí alrededor y mis ojos se paran en esa cama de hospital donde un cuerpo descansa. Un cuerpo lleno de tubos y cables, frágil como una pluma y pálido como el mármol. Como guiados por un imán, mis pies avanzan hacia esa cama. Miro al paciente que hay sobre ella y una de mis manos se alza para apartarle un mechón de pelo de la cara. Pero mi mano atraviesa su cuerpo, lo intento una y otra vez pero no puedo. Intento abrazarlo, acariciarlo o simplemente rozarlo para hacerle saber que estoy a su lado de nuevo. Intento llorar a causa de la impotencia pero ninguna lágrima sale de mis ojos. No siento latir mi corazón, el frío o el calor no me acompañan, no percibo ninguna sensación que provenga de mi cuerpo. El único sonido que escucho son los latidos del corazón del paciente.
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